El vino del Maximiliano de Habsburgo

Ningún gobernante de la historia de México ha amado más los buenos vinos que el archiduque Maximiliano de Habsburgo, emperador de México entre 1864 y 1867. El príncipe austríaco fue un aristócrata de noble cuna, un oficial de marina con grandes inquietudes culturales y como es común entre la realeza, un amante de la buena mesa. Sus aposentos del castillo de Chapultepec, contaban con una nutrida servidumbre y un menaje con más de cuatro mil piezas de loza y platería francesa con el monograma imperial, 30 carruajes de uso diario, dos pianos y, por supuesto, una fastuosa cava que llegó a almacenar más de diez mil botellas de vinos, champañas y licores formidables. Un entorno utópico de lujo y grandeza que contrastaban con la miseria que padecían sus súbditos mexicanos.

El breve y convulso reinado de Maximiliano fue producto de la segunda intervención francesa en México; una invasión militar desplegada con la intención de convertir al país en una potencia satélite del Imperio francés que marcara un contrapeso a las intenciones expansionistas de los Estados Unidos de América. El emperador Napoleón III, comisionó a un selecto grupo de conservadores y eclesiásticos mexicanos para viajar en 1863 al castillo de Miramar en Trieste y ofrecerle a Maximiliano la corona del Segundo Imperio mexicano. En dicha comitiva se encontraba Juan Nepomuceno Almonte, hijo del libertador insurgente José María Morelos y Pavón.

En los tratados de Miramar, firmados el 10 de abril de 1864 por Napoleon III y Maximiliano, el austríaco juramentó como emperados del Segundo Imperio Mexicano, que estaría apoyado por una fuerza militar de 25,000  soldados franceses desplegados por los territorios ocupados de México. La fuerza francesa se encargaría de aplastar la insurrección en tanto se establecía un ejercito imperial permanente. A cambio, el emperador debía reconocer el adeudo de 270 millones de francos a la nación gala y el pago de 1000 francos por año a cada soldado francés en suelo mexicano. Con la esperanza de que al nuevo imperio nunca le faltaría la ayuda de Francia, el joven príncipe se embarcó rumbo a México.





 

El archiduque Fernando Maximiliano José de Habsburgo y su esposa, la princesa Carlota de Bélgica, llegaron a México en la fragata Novara el 28 de mayo de 1864. A su llegada, encontraron un reino muy distinto al que le ofrecieron en su natal Austria. La insurrección del ejército republicano del presidente Benito Juárez en contra de la ocupación francesa tenían al país en ruinas. Pero gracias al apoyo militar de Napoleón III, el joven aristócrata de 31 años pudo cumplir su sueño de convertirse en el soberano de su propio Imperio y sacudirse la sombra de su hermano Francisco José, quien para entonces ya había sido coronado como rey de Austria, Hungría y Bohemia.

El grueso de la sociedad mexicana, jamás entendió la pompa y protocolo del soberano austríaco y su joven esposa de 24 años. Una infinidad de libros documentan la vida de la pareja al interior del castillo de Chapultepec, pero quizá ninguno es tan explícito como el libro “Memorias de un secretario particular” (Paris, 1905) de José Luis Blasio, quien vivió varios años al lado del monarca y que gracias a su dominio del francés, alemán e italiano llegó a convertirse a los 22 años en secretario particular del emperador. En su libro, el mexicano narra con lujo de detalle la vida diaria del emperador, el protocolo de los banquetes en su palacio y los vinos que diariamente degustaba:

“El augusto Soberano austríaco era un refinadísimo gastrónomo y sus cocineros se esmeraban para no disgustarlo. Los platillos estaban preparados según la cocina francesa, pero con algunas modificiaciones del arte culinario vienés: los vinos que se servían en la mesa imperial eran de lo más exquisito. Durante el almuerzo, Jeréz, Burdeos, Bergoña y vino de Hungría y en la comida del Rhin y Champaña además de los mencionados”.

El emperador no se limitaba a disfrutar los buenos vinos en palacio: también era habitual que el monarca disfrutara de las buenas bebidas durante los paseos. Una de esas fantásticas excursiones, -imposible de realizar hoy en día-, la hizo embarcándose desde San Lázaro, por la vía del lago de Texcoco y con destino final a Pachuca. Blasio narra el episodio de la siguiente forma:

“Así fue que dispuso hicieramos un viaje a Pachuca, saliendo en canoa rumbo a Texcoco. A las siete de la mañana nos embarcamos en San Lázaro, los que formábamos su comitiva. La flotilla imperial se componía de una gran canoa destinada al Emperador alfombrada y con divanes y cojines. En esa canoa se nos sirvió Venisch, cerca de media noche una espléndida cena, además de la exquisita champaña que siempre acostumbraba servirse en la mesa imperial. “.

Aunque sus vinos favoritos fueron las champañas y los vinos alemanes, el emperador tenía una fascinación sentimental por los vinos de Madeira, elaborados con las estupendas viñas de la cepa malvasía que caracterizan a la isla portuguesa. El vino dulce de Madeira le recordaba al gran amor de su vida: la princesa María Amelia de Braganza, primogénita del rey Pedro I y con quien el príncipe Maximiliano concertó matrimonio en 1852.

Para su desgracia, la unión que lo llevaría a gobernar el reino de Brasil, la única monarquía en América en aquella época, nunca llegó a concretarse debido a la prematura muerte de Amelia en 1853. La princesa murió en la isla de Madeira a los 21 años de edad a causa de la tuberculosis. Se dice que Amelia fue la razón por la que el monarca siempre tuvo en su cava del castillo de Chapultepec una amplia dotación de vinos portugueses que solía disfrutar en sus frecuentes episodios melancólicos .

Otra de sus pasiones era visitar los jardines Borda de Cuernavaca. Amante de la biología y la botánica, solía salir muy temprano de Chapultepec en un carruaje dispuesto con botellas de vinos y finas vajillas para disfrutar de un almuerzo al aire libre. En el libro “Maximiliano, emperador de México” (Debate, 2017), el historiador Carlos Tello Díaz, narra lo mucho que gustaban dichas excursiones al europeo:

“Solía partir a las tres de la mañana, provisto de buen vino, en un “coche pequeño y ligero como una pluma”, para llegar a las once a Cuernavaca. La ciudad estaba a 80 kilómetros de la capital, por el camino de piedras que pasaba por el Ajusco. El emperador habitaba la Quinta  Borda, así conocida por haber sido del minero Juan de la Borda. Vestido de blanco, con su chaqueta de dril y su sombrero de paja, estudiaba las flores y los insectos de la región. Gozaba la vida mientras todo a su alrededor se desplomaba”.

Los viajes de Maximiliano resultaban frívolos para la opinión pública frente a la miseria que padecia su pueblo, pero muchos de ellos tenía una finalidad política. El emperador estaba convencido de que no podía gobernar desde su castillo de Chapultepec, por lo que acostumbraba emprender constantes viajes con el fin de legitimizar la monarquía, escuchar las necesidades de su pueblo y dejarse ver por sus súbditos. Según apuntan los historiadores Amparo Gómez y Konrad Ratz en el libro “Los viajes de Maximiliano en México (1864-1867)” (CONACULTA, 2012) el monarca estuvo casi un año de viaje durante el Segundo Imperio:

“El Imperio de Maximiliano de Habsburgo en México apenas duró poco más de tres años. En su breve reinado, Maximiliano estuvo de viaje más de 200 días. Durante muchas semanas y meses el soberano se mantuvo lejos de la capital de su patria adoptiva.”.

Aquellos viajes le hicieron  darse cuenta de las deplorables condiciones de vida de los indios, de su ignorancia y la dominación del clero, por lo que el monarca decidió implementar proyectos legislativos liberales, como la creación de una beneficiencia pública, la implementación de la educación gratuita, la separación de bienes de la iglesia y la creación de una ley de trabajo que liberaba a los campesinos de deudas heredadas con los terratenientes. Además, prohibía el castigo corporal y limitaba las horas de trabajo. Naturalmente, las medidas liberales del joven emperador generaron molestias entre los terratenientes y los religiosos.

Sin embargo, los costos de la guerra en contra de las fuerzas republicanas que el general francés François Achiille Bazaine jamás logró erradicar y los gastos de manutención de su ostentoso castillo de Chapultepec comenzaron a hundir las finanzas del Imperio. En la novela “Noticias del Imperio” (Diana, 1987), el escritor mexicano Fernando Del Paso narra un episodio de la batalla ocurrida en 1866 en Camargo, Tamaulipas que involucra la pérdida de un cargamento de 40 mil botellas de vino francés de Bourdeaux destinadas al castillo de Chapultepec.  Lo paradójico de la situación es que las tropas imperialistas que resguardaban el vino del emperador, llevaban 48 horas sin beber agua, por lo que fueron barridos por el ejército republicano bajo el inclemente calor de Tamaulipas.

“Blanchot se pregunta por qué el general Olvera, en vista de que sus hombres no tenían agua que beber, ordenó que bebieran vino. La columna, cuyos soldados en efecto llevaban cuarenta y ocho horas sin tomar agua, fue destruida por la fuerza del general juarista Mariano Escobedo. El convoy al cual escoltaba la columna, transportaba nada menos que cuarenta mil botellas de vino de Burdeos. Si el General Olvera hubiera tenido un poco de imaginación… Una botella de Château Margaux por cabeza, dice Blanchot, hubiera asegurado el triunfo”.

De resultar cierto el pasaje novelado descrito por Del Paso, la tragedia ejemplificaría el despilfarro de recursos de Maximiliano con tal de procurarse un estilo de vida a la altura de un emperador. Para 1866, el avance de los generales republicanos Porfirio Díaz y Mariano Escobedo elevaron los costos de la ocupación francesa, que se había convertido ya en un pozo sin fondo para Napoleon III. Desde un inicio, la aventura mexicana fue mal vista por los ciudadanos franceses, pero fue la inminente guerra con Prusia, acentuada por un bloqueo de Estados Unidos a sus rutas de abastecimiento, lo que detonó el retiro de las tropas francesas y el colapso del imperio.

Maximiliano tuvo varias oportunidades de emprender el penoso regreso a Europa, pero la emperatríz Carlota, quien solía tomar las riendas del gobierno cuando su esposo se encontraba de viaje, convenció al soberano de no abandonar el país. La emperatríz se embarcó rumbo a Europa el 8 de julio de 1866 para entrevistarse con Napoleon III y el Papa en busca de apoyo militar para el agónico Imperio. La princesa le escribió una carta a su esposo en el que lo incitaba a defender su honor como monarca:

“Abdicar es condenarse, extenderse a sí mismo un certificado de incapacidad y esto es solo aceptable en ancianos o en imbéciles, no es la manera de obrar de un príncipe de treinta y cuatro años, lleno de vida y esperanzas en el porvenir. La soberanía es el bien más sagrado que hay entre los hombres, no se abandona el trono como una reunión que tiene cercada un cuerpo de policía (…). El Imperio no es otra cosa que un emperador”. Carta de Carlota a Maximiliano, c. 1866.

 

A inicios de 1866,  Maximiliano se reunió con los generales Miramón y Márquez en la ciudad de Orizaba, ahí pierde su última oportunidad de embarcarse a Europa ya que en la isla de Sacrificios se encontraban ya dos fragatas austriácas ancladas, pero el monarca sucumbe a la súplica de sus ministros, quienes le argumentan que un capitán no puede abandonar una nave que se hunde. Se dice que en esa ciudad recibió también una carta de su madre, la archiduquesa Sofía, en la que lo exhortaba a apelar al honor de los Habsburgo y permanecer al frente de su trono en México. Al poco tiempo, el emperador partió rumbo a la Ciudad de México.

Convencido de que la única salida a su aventura mexicana era negociar el indulto o morir dignamente, Maximiliano decide abandonar la capital días antes de que ésta caiga en manos de los liberales. El 13 de febrero de 1867 se retira a Querétaro, una de las últimas ciudades leales al Imperio, donde intentó sin éxito, reunirse con Juárez y pactar el indulto. Los siete mil soldados imperialistas resistieron el sitio de la ciudad por setenta y un días, pero fueron barridos por los cuarenta mil efectivos al mando del general Mariano Escobedo.

El 15 de mayo de 1867, Querétaro cae en manos de los republicanos y el emperador es apresado y enjuiciado en una corte marcial a la que no asiste por estar severamente enfermo de disentería. El cargo por el que se le condena a muerte, al lado de sus generales Tomas Mejía y Miguel Miramón, es el llamado “decreto negro” emitido en octubre de 1865 y que autorizaba la ejecución inmediata de todo mexicano afiliado a la causa republicana. Maximiliano y sus generales son sentenciados y se pacta la fecha de su ejecución para el 19 de junio.

Según relata el historiador austríaco Konrad Ratz en el libro “Querétaro: Fin del segundo imperio mexicano” (CONACULTA, 2005), el vino fue uno de los últimos paleativos en la agonía del emperador:

“El miércoles 19 de junio de 1867, a las seis menos cuatro, Maximiliano tomó su último desayuno: café, pollo y media botella de vino tinto y pan”.    

Pero su trágica y prematura muerte a los 34 años en el cerro de las campanas, no fue el final de sus penas. Su cadáver fue objeto de un pésimo embalsamamiento en Querétaro y sufrió el robo de sus bellísimos ojos azules antes de emprender la tortuosa marcha rumbo a la ciudad de México. Se cuenta que durante el trayecto, el féretro cayó  dos veces del carruaje antes de llegar al Hospital de San Andrés, donde se le realizó una nueva embalsamación. El presidente Juárez se negó a repatriar sus restos a Europa en tanto no recibiera una petición oficial de la casa austriáca que finalmente llegó hasta el 12 de noviembre 1867, es decir, casi 5 meses después de la ejecución. Por ironías del destino, el cadáver de Maximiliano de Habsburgo se embarcó a Viena el 25 de noviembre de 1867 a bordo de la Novara, la misma fragata de guerra que lo trajo por primera vez a México 3 años y medio antes.

Pero, ¿qué pasó con la fastuosa cava imperial? El cronista Ciro B. Ceballos en su libro “Panorama Mexicano 1810-1910 (Memorias)” (UNAM, 2006) cuenta que el inventario de los vinos del emperador salieron a subasta pública a fines de 1867. Según relata, el lote estaba integrado por:

“Vinos “campañones” de la epícurea Francia de Napoleón III; exquisitos vinos de la Hungría y Austria de los tiempos de Francisco José; procedente de los danubianos viñedos y la champañas rosada de las cavas del castillo de Schönbrunn.

Esos sublimes y embriagantes néctares habían pertenecido con anterioridad a las “imperiales” bodegas del archiduque Maximiliano de Habsburgo, bodegas cuyo contenido, en su mayor parte, había sido puesto a remate por don Benito Juárez después de ocurrida la ejecución del filibustero príncipe”.

El lote de vinos se lo adjudicó un extranjero apellidado Wondracek por 22 mil 836 pesos. El emprendedor no tardó en abrir una cantina en la actual calle de Isabel La Católica en la ciudad de México, a la que bautizó como el Salón Wondracek, que se convirtió en el lugar de moda entre la alta sociedad durante el tiempo que tomó a los catadores descorchar las siete mil 612 botellas que pertenecieron a Maximiliano.

Así llegó a su fin uno de los periodos más interesantes en la historia del México independiente. Una etapa trágica, pero también deslumbrante, en la que el país captó la atención del mundo europeo y en la que unos pocos afortunados pudieron disfrutar de una vastísima selección de los mejores vinos del mundo.

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