El vino de Fray Junípero Serra

Al misionero mallorquín Fray Junípero Serra se le conoce como el padre del vino de California, pues en cada misión que fundó, desde San Diego hasta San Francisco en la Alta California, el franciscano llevó consigo los primeros sarmientos de una de las más ricas zonas vitivinícolas del mundo.

Su verdadero nombre era Miguel José Serra y Ferrer y su vida fue tan intensa, que bien podría equipararse a la de un navegante aventurero. Serra nació el 24 de noviembre de 1713 en la ciudad de Petra, en la isla española de Mallorca. Su ímpetu por el estudio motivó a sus padres a inscribirlo en el seminario de la Universidad de Palma, donde a los 16 años, adoptó el nombre de Junípero, en honor a uno de los discípulos de San Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana. El joven Serra fue un alumno destacado y llegó a convertirse en doctor en filosofía y teología y más tarde en profesor de la institución. Uno de sus alumnos fue Francisco Palou quien lo acompañaría en la mayoría de sus misiones evangelizadoras por la Nueva España.

 

Fray Junípero predicó en una gran cantidad de santuarios de Mallorca, hasta que el 7 de abril de 1749, se embarcó junto con 18 religiosos en una misión evangelizadora a la Nueva España.  El viaje duró 198 días y estuvo lleno de sobresaltos, su barco estuvo a punto de naufragar en alta mar, pero finalmente tocó tierra en Puerto Ríco y más tarde en el puerto de Veracruz, el 7 de diciembre de 1749. Ya en la Nueva España, recorrió a pie los 500 kilómetros del “camino del virrey” desde Veracruz a la Ciudad de México, en un voto de humildad franciscano que le ocasionó una dolencia en unos de sus pies por el resto de su vida.





En el convento de Santo Domingo en la Ciudad de México, se le comisionó hacerse cargo de la evangelización en la Sierra Gorda de Querétaro, una región dominada por los belicosos indios chichimecas. Pese a todas las dificultades, Serra fundó en esa zona las misiones de Santiago de Jalpan, San Miguel Conca, Nuestra señora de la Luz en Tancoyol y Santa María del agua de Landa. En cada una de sus misiones, Fray Junípero cultivó la vid para proveer vino de consagración a sus eucaristías y dispensarlo como remedio para tratar lesiones superficiales. Vale la pena recordar que en aquella época, cuando no había otro alcohol a la mano, para los frailes era muy común regar vino sobre las heridas para desinfectarlas.

Se estima que las primeras vides fueron introducidas por los misioneros jesuitas entre 1521 y 1540. Inicialmente, las uvas fueron plantadas en los huertos misionales con la finalidad de elaborar vinos litúrgicos, por lo que a esa variedad seminal de la vitivinicultura del nuevo mundo, se le conoce como Misión. Sin embargo, un estudio de 2007 encabezado por los investigadores Alejandra Milla Tapia y José Antonio Cabezas de la Universidad de Davis en California, determinó que la uva Misión, es en realidad una variedad de la cepa Listán negro, posiblemente injertada a cepas silvestres. La uva, también conocida como Palomina negra en el siglo XVI fue un varietal ampliamente cultivado en Castilla y las Islas Canarias. A la fecha, Listán negro (o Misión en México) ha desaparecido de la viticultura peninsular Española debido a su alta concentración de azúcares y su falta de balance para producir vinos con los estándares de calidad actuales.

Los jesuitas y más tarde los franciscanos, a finales del siglo XVII, extendieron el cultivo de la vid por toda la Nueva España, partiendo desde la ciudad de México, capital del virreinato en América, hacia Querétaro, Puebla, Oaxaca, Guanajuato, San Luis Potosí y las provincias de Baja California y el Valle de Parras.

En 1768, mientras Fray Junípero se encuentra en la costa del Gofo de California, reorganizando las misiones evangelizadoras tras la expulsion de la compañía de Jesús del territorio novohispano en 1767, es llamado por el visitador José de Gálvez a una junta en la base militar de San Blas, donde se le comisiona comandar una misión evangelizadora en la Alta Califonia. La urgencia de los españoles por colonizar dicha región respondía a las intenciones expansionistas de los colonizadores rusos, quienes comenzaron a poblar las tierras de Alaska, conocida en aquella época como la América Rusa. La expedición española se embarca en 1768, encabezada por Gaspar de Portolá al frente de los militares y Fray Junípero Serra liderando a los misioneros franciscanos.

Para la corona novohispana, las misiones evangelizadores eran de gran utilidad ya que establecían puntos estratégicos para delimitar sus fronteras, establecer poblados y haciendas productoras de granos, frutos y huertos vitivinícolas trabajados con la mano de obra indígena. El primero de estos enclaves fue la creación de la misión de San Diego de Alcalá en 1769, donde más tarde se levantaría la ciudad del mismo nombre.

Según relata el misionero Francisco Palóu, en su libro “Relacion histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre Fray junipero Serra”, las condiciones que encontró Serra en los terrenos californianos donde edificó sus misiones, favorecieron la produccion vinícola y el cultivo de diversas frutas de procedencia europea.

“Habiendo reparado desde el principio de la fundación que toda aquella tierra estaba matizada de parras silvestres que parecian unas viñas, dieron en sembrar unos Sarmientos mansos, traidos de la antigua California, y han conseguido ya el lograr vino, no solo para las Misas, sino también para el gasto, como asimismo de frutas de Castilla, de granadas, duraznos, melocotones, membrillos y logrando muy buenas hortalizas”.

En 1769, Fray Junípero Serra plantó el primer viñedo de California en la misión San Diego de Alcalá. Las parras que el padre Serra embarcó en su aventura colonizadora eran provenientes de la misión de Loreto y pertenecían a la cepa Misión, aunque también se introdujeron otras variedades como la Moscatel y la Palomino que todavía se producen en los valles vinícolas de California.

En total, fueron 9 las misiones que fundó en territorio californiano: San Diego de Alcalá (1769), San Carlos Borromeo de Carmelo (1770), San Gabriel Arcángel (1771), San Antonio de Padua (1771), San Luis Obispo de Tolosa (1772), San Juan Capistrano (1777), Santa Clara de Asís (1777), San Francisco de Asís o Misión Dolores (1776) y San Buenaventura (1782). Muchas de ellas fueron tan prósperas, que dieron nombre a ciudades como San Diego, Ventura, Sacramento, Monterrey y San Francisco.

Una de los rasgos característicos de los misioneros franciscanos era su gran interés por las costumbres indígenas, se dice que el propio Junípero Serra, aprendió la lengua Nahuatl. A diferencia de los colonizadores ingleses, que consideraban que el único indio bueno, era el indio muerto, los franciscanos entendían que el adoctrinamiento de los indios era crucial para el desarrollo y mantenimiento de las misiones evangelizadoras.

Si bien las haciendas de las misiones fueron muy importantes para los españoles en California, muchos historiadores señalan que los franciscanos también cometieron muchos excesos en el adoctrinamiento de la población indígena. En “The Missions of Caifornia a Legacy of Genocide” el historiador Rupert Costo señala que un indígena adoctrinado en las misiones moría en un periodo de ocho años a causa de las enfermedades traídas por los españoles y las durísimas condiciones de trabajo. Costo estima que antes de la llegada de los españoles, la población de indios califonianos rondaba los 300 mil habitantes y que para cuando abandonaron el territorio, en favor del gobierno mexicano, los indígenas apenas llegaban a los 200 mil habitantes.

Aunque la vida del fraile no estuvo libre de pasajes oscuros, los testimonios documentados de sus contemporáneos lo describen como un personaje político y ambicioso, pero que siempre se caracterizó por una vida de pobreza, rectitud y sacrificio. Sin importar su personalidad, su obra perfiló aspectos muy importantes sobre la vida de los indígenas, la producción vinícola y el comercio trasatlántico. Los últimos años de su vida, fray Junípero los pasó visitando las diferentes misiones que fundó. Cada vez más anciano y debilitado por sus dolencias físicas y las enfermedades propias de su avanzada edad, Serra decidió retirarse y pasar sus últimos días en la misión de San Carlos Borromeo de Carmelo en Monterrey, California donde murió el 28 de agosto de 1784 y donde descansan sus restos al lado de su amigo fray Juan Crespí.

El legado del mallorquín para la industria vinícola es incalculable, pues los modelos de producción de misiones como la de San Francisco de Asis cerca de la bahía de San Francisco o la de San Francisco Solano en el centro de Sonoma, sentaron las bases de lo que serían los fértiles valles vinícolas de Napa y Sonoma.

Tras las guerras de independencia mexicana y la de México y Estados Unidos el sistema misional cayó en decadencia y muchos frailes españoles abandonaron las misiones que muy pronto fueron saqueadas. Sin embargo, tras la independencia de la Alta California en 1846 y su posterior anexión a los Estados Unidos, los colonos norteamericanos idealizaron la figura de Junípero Serra como padre fundador de aquellas tierras apoyándose en testimonios que sugieren el visto bueno de Serra a la independencia de California de México y su apoyo económico a favor de los insurgentes californianos. Es tal el fervor norteamericano por Serra, que incluso se solicitó la canonización del misionero, que fue concedida el 23 de septiembre de 2015 por el papa Francisco en la ciudad de Washington.

Quien piense que tras cumplir 50 años de edad un hombre ya no es productivo ni capaz de llevar a cabo grandes obras, debe recordar la vida de Fray Junípero Serra, quien con 55 años comenzó una aventura en la desconocida Alta California donde fundó nueve misiones y sembró las primeras cepas de algunos de los valles más prósperos del planeta bajo la consigna que caracterizó su vida: ¡Siempre adelante!

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