El vino de Laura Zamora



El maravilloso mundo del vino puede cambiar para siempre la vida de las personas. Laura Zamora, la gran enóloga mexicana, puede dar fe de ello. Su historia pudo haber sido muy diferente si a finales de los setenta, no hubiera decidido incorporarse a los laboratorios de la histórica bodega mexicana Santo Tomás en su natal Ensenada, Baja California. En aquel momento ella no lo sabía, pero su vida y la de muchas mujeres que siguieron sus pasos se transformaría gracias a esa decisión y a su voluntad por superarse y triunfar en un mundo dominado por hombres.

Laura nació en el seno de una modesta familia bajacaliforniana fuertemente vinculada al mar. Su padre fue un pescador atunero y su madre una empleada de una empacadora de mariscos, por lo que su infancia siempre estuvo relacionada con la vida de pescadores. Ensenada es una pequeña ciudad costera muy cerca de la frontera de México con Estados Unidos, hoy en día, los valles que la rodean son el punto de referencia en la industria del vino mexicano, pero a finales de los setenta la vida en aquella ciudad era muy diferente.

Por la profesión de su padre, Laura siempre estuvo muy interesada por todo lo relacionado al mar y por esa razón se propuso estudiar Oceanografía, que por aquellos días era la única carrera disponible en la Facultad de Ciencias del Mar de Ensenada. A finales de los setenta, inició sus estudios medio superiores cursando una carrera técnica como laboratorista, ahí comenzó a involucrarse en el mundo del vino, analizándolo en los matraces y bajo el microscopio. Tiempo después, llegaría la oportunidad que le cambiaría la vida, al ingresar como practicante a la emblemática bodega de vinos de Santo Tomás, una de las más antiguas de México.

Como la mayoría de las mujeres que han trascendido en el mundo del vino, la incursión de Zamora en un oficio dominado por hombres estuvo lleno de obstáculos que tuvo que superar valiéndose de tolerancia, paciencia y un talento que ni ella misma conocía. En entrevista para la revista digital Buenos Vinos, la enóloga mexicana recuerda sus primeros pasos en Santo Tomás:

“Cuando yo llegué a la bodega no tenía idea de la enología. No sabía que hacía un enólogo, ni cuál era el trabajo de la Bodega. Comencé en el laboratorio, practicando, y aprendiendo. Si hoy en día las condiciones de trabajo de una mujer en una bodega son difíciles, para una jovencita de aquella época lo era un poquito más. Lo primero que me dijo la persona que sería mi jefe fue: “Niña si quiere hacer sus prácticas aquí tengo un espacio, quiero una mujer como practicante, pero va a tener que aguantar porque aquí el laboratorio, después de las 5 de la tarde, se convierte en una cantina y a los compañeros de repente se les pasa la mano con el vocabulario. Si usted va a estar trabajando ahí no quiero que eso la detenga”. Acepté y entré a hacer mis prácticas en 1979″.







Como si se tratara de un designio del destino, las circunstancias fueron adecuándose para que Laura se incorporara de forma permanente a la bodega de Santo Tomás:

“A finales de los setenta, una protesta estudiantil provocó un paro de labores muy largo que coincidió con la baja temporal de mi jefe inmediato, quien se fracturó una pierna en un accidente. Me pidieron que lo cubriera mientras se arreglaban las cosas en la escuela y fue así que ingresé de tiempo completo a Santo Tomás. Cuando mi jefe regresó de su incapacidad, lo nombraron supervisor de produción y yo me quedé como jefa de laboratorio. Pero yo quería saber más y al finalizar mi jornada salía del laboratorio para ir a la planta y ver los datos que le entregaba al enólogo. Quería entender ¿de qué le servían los análisis? ¿por qué estaba filtrando? Tenía mucha curiosidad, no me gustaba quedarme así nada más”.

Su inquietud por aprender cada uno de los procesos del vino no estuvo libre de obstáculos. Durante muchos años, Laura se enfrentó a los prejuicios y deventajas de ser una mujer talentosa en un ambiente laboral dominado por hombres. Ante el machismo propio de la época, tuvo que demostrar en reiteradas ocasiones su capacidad, asumiendo grandes responsabilidades y trabajando mucho más que ellos.

“Cada vez que llegaba un enólogo o un ingeniero de producción escuchaba lo mismo: “Usted se me va al laboratorio” que era casi casi decirme: “la mujer tiene que estar en la cocina”. Por muchos años enfrenté injusticias, trabajé muchas horas extras y aguanté sueldos que no se comparaban al de señores con rangos de responsabilidad menores al mío. Yo siempre he dicho toda mi vida que para que el trabajo de una mujer se note tenemos que hacer 5 o 6 veces lo que hace un hombre y a veces ni así se logra”.

Laura es una mujer formada desde dentro de la bodega, sin embargo, el hecho de no contar con una instrucción académica tradicional fue un argumento que muchos de sus compañeros sacaban a relucir frecuentemente.

“Tuve que hacer oídos sordos a comentarios como: “Es que Laura no es enóloga” porque yo no llegué con el título por parte de una escuela, lo obtuve por diferentes cursos que he tenido la oportunidad de tomar en México y el extranjero y aprendiendo de estupendos maestros. Tuve la suerte de tener buenos jefes y un enólogo de Mendoza, Argentina que fue quien me capacitó.  Prácticamente tuvimos clases particulares ahí en la vinícola y como en aquel tiempo Santo Tomás producía 6 millones de litros al año, había muchísimo vino para practicar”.

En 2005, viajó a Argentina para tomar un curso de enología de 15 meses con el destacado enólogo argentino Miguel Ángel Daruich. Ese mismo año inició también su carrera en gastronomía en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC).

 A lo largo de su carrera Laura ha contado con grandes maestros, entre ellos recuerda con cariño y respeto a Francisco Rodríguez González, uno de los mejores winemakers mexicanos, famoso por crear vinos de gran calidad bajo los fundamentos de la escuela francesa de Montpellier.

“Dentro de los maestros que yo he conocido destaco a Paco Rodríguez que es el enólogo de Casa Madero. A pesar de que es poco el trato que hemos tenido, las veces que hemos coincidido en eventos o en cuestiones de vinos, siempre tiene un buen consejo. Nunca sentí por parte de él eso de que una mujer no puede ser enóloga sino todo lo contrario. Es el tipo de personas que creo que han trabajado mucho por el bien de México, que igual no son tan reconocidos como otros, pero que su función ha sido esencial para el crecimiento de una compañía y que se caracterizan por el gusto por enseñar y compartir todo lo que saben”.

Al paso de los años, los vinos de Santo Tomás mejoraron su calidad y la bodega creció de manera paulatina. Laura fue subiendo de puesto: primero fue nombrada jefe de operaciones de planta, después fue gerente de producción, luego asistente de enólogo y finalmente enólogo titular, convirtiéndose en la primera mujer con ese cargo en la bodega. Finalmente se le ofreció la gerencia general, la cual rechazó para regresar a la gerencia de la planta de enología y trabajar en su verdadera pasión: la creación de los vinos.

 Son muchos los grandes vinos que Laura Zamora ha creado como enóloga de Santo Tomás. Algunos de los más representativos en su trayectoria personal sin lugar a dudas son Misión 1888, un ensamble de Cabernet Sauvignon, Barbera y Tempranillo, cepas representativas del valle de Santo Tomás y cuyo nombre conmemora la fundación histórica de la misión religiosa que da nombre a la bodega. Duetto es otra de las etiquetas representativas de Laura y cuyo nombre hace alusión a los valles de Santo Tomás y San Vicente. Los galardones que sus etiquetas han recibido en certámenes internacionales son dignos de destacar, pero el prestigio de calidad, la penetración de mercado y el volumen de ventas que actualmente goza la vinícola en México y el mundo sin lugar a duda son los mayores aportes de Laura al frente de la vinícola.

Otra de las satisfacciones de la gran enóloga mexicana es la inspiración que su faceta como maestra ha despertado en los jovenes enólogos mexicanos que han tenido la fortuna de ser sus alumnos:

“Me gusta mucho dar clases, desde 2007 imparto clases en la escuela de Enología y Gastronomía de Ensenada y me han tocado muchos chicos que van decididos a dedicarse a gastronomía, pero que al final, terminan en el área de enología. En el primer grupo al que me tocó dar clases tuve como alumno a Ángel Olachea, él actualmente es Doctor en Enología y desde hace varios años trabaja en España.Me motiva que quienes fueron mis alumnos, a pesar de que ya tienen un grado académico mucho más alto que el mío todavía me llaman “maestra”. Eso se me hace muy bonito porque al final ellos son los que están ahorita marcando la pauta”.

Luego de toda una vida de trabajo dentro de la industria del vino, en la que ha abierto camino para que más hombres y mujeres mexicanas sigan dando impulso a la industria del vino mexicano, Laura Zamora, encara el futuro con mucha pasión y nuevos retos en su carrera, como la apertura de su propia bodega de vinos:

“Estoy iniciando mi proyecto personal con Casa Zamora, una bodega en la que además de hacer vino, quiero ofrecer junto con mis alumnos talleres de vinificación prácticos. El primer vino de Casa Zamora se llama Pescador Mexicano, es un Tempranillo con 6 meses de barrica, ligero, fácil de tomar, y maridar. Tengo muchos sueños por cumplir que tras mi jubilación de Santo Tomás quiero llevar a cabo gracias a la experiencia de 36 años de trabajo”

La historia del vino mexicano tiene grandes historias y la de Laura Zamora, la hija de un pescador a la que el viento a favor llevó a las puertas de la bodega Santo Tomás será recordada como un ejemplo de cómo la disciplina, la persistencia y la pasión pueden imponerse a todas las adversidades.

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