El vino de Stalin

Aunque no era un gran bebedor, Iósif Stalin apreciaba mucho los buenos vinos. Particularmente los caldos de la República de Georgia, donde nació en 1878. Su etiqueta favorita, mientras se mantuvo al frente de la extinta U.R.S.S fue la Khvanchkara, un blend de dos uvas tintas georgianas, la Mujuretuli y la Alexandreuli.

Se dice que Stalin sentía tanto orgullo por los vinos georgianos, que llegó a servirlos en la conferencia de Yalta que sostuvo con Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt al término de la segunda guerra mundial. En la actualidad, los buenos vinos georgianos como el exclusivo Khvanchkara, o los populares Saperavi y Tsinandali se consideran patrimonios culturales de la república de Georgia.

En Rusia, ahora un estado independiente, la figura de Stalin es muy controversial. Para algunos, fue un estadista que llevó a la desaparecida U.R.S.S a la victoria sobre los alemanes en la segunda guerra mundial y posicionó a su país como la máxima potencia militar y tecnológica. Para otros, fue un cruel dictador que construyó un culto a su personalidad, ejecutó a millones de sus compatriotas en sus purgas genocidas y sumió a su pueblo a terribles hambrunas por el control desmedido de la industria por parte del estado.

Pero en su natal Georgia, hay quienes aun lo recuerdan de otra manera. En esta nación, ubicada a los pies de la cordillera del Cáucaso a Stalin se le recuerda en sus plazas, en sus museos y sobre todo en sus vinos.


Stalin popularizó la costumbre de beber vino entre todos los ciudadanos soviéticos. Su consigna era erradicar la idea de que los buenos vinos eran exclusivos de los burgueses y que el pueblo no debía disfrutarlos. A partir de su gusto personal, cada año se embotellaban miles de vinos dulces y espumosos que contraponían el gusto popular de los rusos por el vodka.

Durante el auge de la Unión Soviética, la nación llegó a ser el séptimo país del mundo en producción de vino. La mayoría de los tintos, blancos y variedades de Champagne que se consumían en “la nación de naciones” se producían en los valles de Georgia.

 

 

El vino georgiano posee una tradición antiquísima de más de 8 mil años de historia, pero su industria vinícola se remonta a finales del siglo XIX, cuando el zar Alejandro II trajo de Francia las técnicas de producción de vino. Hoy en día, los viticultores georgianos presumen cultivar más de 500 variedades de uva aprovechando los microclimas que produce la ribera del Mar Negro y su privilegiada ubicación geográfica que sitúa sus viñedos en el mismo paralelo del ecuador que la toscana italiana, la región de Porto y el valle de Sonoma en California.

Entre los georgianos es muy común encontrar referencias al régimen de Stalin. Se decía que el dictador bebía poco, pero distinguía mucho los sabores y que le encantaba emborrachar a su séquito, por ejemplo a Nikita Jruschov, quien dirigió a la URSS durante la guerra fría.

No obstante, el control que ejercía el gobierno soviético sobre la industria vinícola era tan abrumador, que terminó por dilapidar la calidad del vino. Como parte de la política del culto a la personalidad que reinó durante los últimos años de la dictadura, todos los vinos debían fabricarse al gusto del líder supremo, además de incluir su imagen y su nombre en cada etiqueta.

Tras la muerte de Stalin, la producción del vino georgiano experimentó una paulatina decadencia que se acentúo con la desaparición de la URSS en 1991 y el conflicto comercial con Rusia en 2006 en el que desaparecieron una gran cantidad de bodegas, ya que el 90% de su vino se exportaba a Rusia.

Por fortuna, los georgianos encontraron en el embargo ruso una oportunidad de abrirse al mundo, modernizar sus bodegas y colaborar con enólogos franceses e italianos para mejorar la calidad de sus vinos. Hoy en día, la industria vinícola georgiana vive un nuevo auge gracias a la exportación de sus vinos a Europa y Estados Unidos y a la consolidación del turismo enológico que atrae a miles de amantes del vino a regiones como las de Kakheti, donde las últimas semanas de septiembre y las primeras de octubre, se celebra el festival Rtveli, una de las fiestas de la vendimia más ancestrales del mundo.

Hoy en día, bodegas como la Georgian Wine House comercializan vinos georgianos – Khvanchkara, Kindzmarauli, Mukuzani, Tsinandali – con el rostro del dictador bajo la marca Stalinskoye Slovo (“palabra de Stalin”).

Aunque la postura oficial del gobierno georgiano sobre la figura de Stalin es negativa, entre la población civil la opinión está dividida y es muy común encontrar su imagen en afiches, souvenirs y en infinidad de botellas de vino, debido al impulso que el dictador le dio a los buenos vinos de Georgia.