El vino de Ernest Hemingway

Ernest Hemingway fue un hombre de pasiones. Le gustaban los buenos vinos, las mujeres fuertes, el boxeo, los toros, la cacería y la aventura. La mezcla de aficiones tan peligrosas le permitió al escritor norteamericano tener una vida llena de aventuras que narró con maestría en crónicas, cuentos y novelas caracterizadas por un estilo conciso y realista.

En la mayoría de sus libros, Hemingway menciona los Buenos Vinos de las ciudades en las que se desarrollaron sus historias. Es posible encontrar referencias a los Bourdeaux, Châteauneuf du Pape y Champagnes en las páginas de “París era una fiesta” (1964); los Barsacs, Médocs y los vinos de la Rioja española en “Fiesta” (1926), “Muerte en la tarde” (1933) y “Por quién doblan las campanas” (1940) y el Vermouth, el Campari, o los Martinis, en “A través del río y entre los árboles” (1950).

Criado en el seno de una familia de clase media norteamericana de Illinois, hijo de un padre médico y una madre con educación musical, a Ernest y sus hermanos nunca les faltó el pan en la mesa. De su padre heredó el hábito de salir de cacería y disfrutar de una buena copa tras la comida. Se dice que comenzó a beber whiskey desde los 15 años, pero su primer encuentro con los Buenos Vinos lo tuvo en Italia en 1918, durante su breve incursión en la primera guerra mundial.

Pese a la debilidad de su ojo izquierdo, Hemingway se enlistó como voluntario de la Cruz Roja. Con apenas 18 años, fue enviado al frente italiano como conductor de ambulancia asignado al campo de batalla de Fossalta. Pese a que no disparó ni un solo tiro, en sus primeras semanas en el frente vio morir a infinidad de hombres y él mismo recibió en su pierna fragmentos de metralla al intentar salvar a un soldado italiano.





Durante su convalecencia en Milán, conoció la gloria de los buenos vinos tintos italianos y su simbolismo dentro de la religión católica, en la que se le considera la sangre de Cristo. Impresionado por la devoción religiosa de los soldados italianos en el frente de batalla, Ernest decidió adoptar la religión católica por motivos identitarios. Es también en Italia donde conoce a su primer amor: Agnes Hannah Von Kurowsky, una jefa de enfermeras doce años mayor que él con la que inicia un breve pero tormentoso romance. Aquella experiencia sería la inspiración de una de sus novelas más célebres: “Adiós a las armas” (1929).

 

 

ernest hemingway ferito al fronte, 1918

A partir de su incursión en la gran guerra, su afición por las armas, las mujeres fuertes y los buenos vinos estarían presentes toda su vida y serían la materia prima de sus libros. A su regreso a los Estados Unidos, comienza a perfilar su oficio como escritor, colaborando con periódicos de la ciudad de Kansas como cronista y reportero. Durante esos años, Ernest conoce a la que será la primera de sus cuatro esposas y a la postre, el amor de su vida. En 1921 contrae matrimonio con Hadley Richardson con quien decide mudarse a Paris, la mejor y quizá la única ciudad del mundo para convertirse en un escritor de renombre en aquella época. En “París era una fiesta” (1964), obra publicada post mortem y escrita en retrospectiva, Hemingway narra los años de juventud que vivió en la capital francesa durante la década de los veinte. Durante esa época coincidió con otros jóvenes escritores norteamericanos identificados como “la generación perdida” entre los que destacaban James Joyce, Francis Scott Fitzgerald, William Faulkner, Sylvia Plath y Gertrude Stein.

En París era una fiesta, narra con lujo de detalle los diferentes tipos de vinos con los que se acompañaba la vida cotidiana, los que convenía llevar a un día de campo y los que se bebían en las tertulias literarias a las que frecuentemente asistía. Paris le mostró las bondades del vino como un alimento que complementa la dieta diaria de los franceses: “En Europa tomábamos el vino como cosa tan sana y normal como la comida, y además como un gran dispensador de alegría y bienestar y felicidad. Beber vino no era un esnobismo ni signo de distinción ni un culto; era tan natural como comer, e igualmente necesario para mí, y nunca se me hubiera ocurrido pasar una comida sin beber o vino o sidra o cerveza. Me gustaban todos los vinos salvo los dulces o dulzones y los demasiados pesados”.

Pero nada en esta vida es gratuito, y Hemingway también comparte sus dificultades para ganarse la vida como un joven aspirante a escritor con una esposa y un pequeño hijo que mantener. Ante la falta de trabajo como escritor, asumió oficios tan inusuales como sparring de boxeador, ayudante de restaurante y empleado en la librería Shakeaspere & Sons, famosa por apoyar a escritores jóvenes en carencia. Aunque los años en Paris fueron duros, vivir rodeado de las mejores piezas de arte del mundo lo inspiraron a afirmar que el hambre era buena disciplina: “Para entender el arte en su verdadera dimensión hay que entrar a los museos con hambre, los cuadros se afilaban y aclaraban y se volvían más hermosos cuando uno los miraba con el vientre vacío y con la ligereza que da el hambre. Teniendo hambre, llegué a entender mucho mejor a Cézanne y su modo de componer paisajes”.

En 1924, Hemingway viajó a Pamplona, por recomendación de su amiga, la escritora Gertrude Stein. En aquel viaje, Ernest se enamoró por completo de los Buenos Vinos españoles y de la tradición taurina. En 1925, el autor asiste por primera vez a las fiestas de San Fermín, evento que marcaría su vida y sería la inspiración de su primera novela titulada : “Fiesta” (1926) cuya trama se desarrolla en tierras españolas y en la que sus personajes disfrutan de la gastronomía y los buenos vinos.

La escena final de “Fiesta” ambientada en la España de los año treinta, concluye con una voráz escena dentro del restaurante Casa Botín de la ciudad de Madrid en la que los protagonistas descorchan cinco botellas de vinos de la Rioja. Como es una constante en su obra literaria, Hemingway gustaba nutrir a sus historias de anécdotas y sucesos que ocurrieron en su vida personal. En Casa Botín, uno de los restaurantes en activo más longevos de España, el escritor disfrutó de inumerables tertulias con sus amigos.

 

 

En 1932, el norteamericano publicó “Muerte en la tarde” un ensayo sobre la fiesta brava que se considera uno de los libros mejor escritos sobre el mundo taurino. A través de sus páginas, es posible encontrar una de las definiciones más célebres sobre el vino: “El vino es una de las cosas más civilizadas del mundo y uno de los productos de la naturaleza que han sido elevados a un nivel mayor de perfección. Entre todos los placeres puramente sensoriales que pueden pagarse con dinero, el que proporcioba el vino, el placer de olfatearlo y el placer de saborearlo ocupa quiza el grado más alto”.

Como todos los grandes escritores, Ernest Hemingway poseía una gran curiosidad intelectual que lo llevó a interesarse por la gente, la cultura y los buenos vinos de España, una nación que amó profundamente y que defendió durante la guerra civil española. Su novela “Por quién doblan las campanas” (1940) está inspirada en las vivencias del escritor en tierras españolas durante el conflicto armado.

Pero ese no fue el único conficto armado en el que Hemingway se involucró. Durante la Segunda Guerra Mundial, se enroló en el ejército norteamericano como informante y corresponsal. Aunque su participación durante la liberación de Paris ha sido ruidosamente pregonada, en los hechos, su colaboración fue mínima, pues su posición de corresponsal de guerra le prohibía participar en las acciones beligerantes.

Pese a las restricciones del ejército norteamericano, el escritor colaboró con la quinta división de infantería del ejército francés al mando del general LeClerc. El 25 de agosto de 1943, acompañó a los soldados franceses en la liberación de dos de sus lugares favoritos en la ciudad de Paris: el Traveler´s club en los Campos Eliseos y el Hotel Ritz, en la plaza Vendome. Se dice que durante la ocupación de la resistencia francesa en el Ritz, Hemingway se instaló en dos habitaciones para redactar sus reportajes para los diarios nortemericanos, acompañado siempre de sendas botellas de Champagne que bebía directamente de la botella.

Su amor por los vinos lo motivó a dejar el cigarro. En la primavera de 1948, el escritor fue entrevistado por el periodista A.E. Hotchner en un bar de Florida. Durante la charla le confesó a Hotchner que había dejado el tabaco una vez que aprendió a olfatear el buen vino: “El humo del cigarrillo es el peor enemigo de la nariz. Y, ¿Cómo puedes disfrutar de un buen vino que realmente no puedes olfatear? Como es evidente en las descripciones de sus libros, llegó a tener una vasta cultura de los diferentes tipos de vinos, aprendiendo a distinguirlos y catarlos con maestría. En la que fue su casa en Cuba durante más de 20 años y que hoy se encuentra abierta al público como el Museo Finca Vigia en San Franscisco de Paula, se encuentra exhibido un diploma emitido por la asociación de vitivinicultores del estado de California que certifican sus conocimientos como catador experto de vinos.

La década de los 50 trató con dureza su trabajo literario. Los críticos señalaban la falta de calidad de sus crónicas como corresponsal de guerra, asegurando que a menudo inventaba hechos que nunca ocurrieron y sugiriendo que sus mejores tiempos como novelista habían quedado atrás. Pese a las feroces críticas, logró completar en Cuba una obra que lo consagraría en la cumbre del mundo de las letras: “El viejo y el mar” (1952). El libro narra la historia de un viejo pescador que en el ocaso de su vida encuentra en altamar a un gigantesco pez vela con el que se bate en un duelo a muerte. La trama simboliza el valor frente a la derrota, la lucha del hombre contra su destino, el valor y la entereza moral como elementos fundamentales en la existencia humana. Aunque “El viejo y el mar” es una historia sencilla, está perfectamente escrita y llena de analogías. La calidad de la obra le hizo merecedor del premio Pulitzer en 1953 y el premio Nobel de literatura en 1954, los máximos logros a los que un escritor puede aspirar.

Revitalizado por el reconocimiento internacional, Hemingway regresó por última vez a La Rioja en 1956 junto a su inseparable amigo, el torero Antonio Ordoñez. En aquel viaje, visitó las Bodegas Paternina en la región de Haro y Ollauri. En muchas de las fotos que documentan sus constantes visitas por España, el autor aparece en compañía de toreros, pelotaris, y escritores en torno a una mesa con varias botellas de vinos españoles, la mayoría de ellos, de la Denominación de Origen Calificada Rioja. Dentro de su itinerario, los amigos también visitaron en Logroño las Bodegas Franco Españolas, fundadas en el año 1890. Biógrafos como Antony Burgess señalan que Hemingway solía recorrer las provincias de España en automóvil en compañía de sus amigos, parando en los pueblos y ciudades donde se celebraban corridas de toros. Una de las rutas que más disfrutaba es la que conecta a las ciudades de Zaragoza y Burgos a través del valle vitivinícola de La Rioja. Aquellos viajes fueron fuente de inspiración para libros como: “El verano peligroso” (1956), en el que narra sus viajes por tierras riojanas.

 

A lo largo de su vida, Ernest Hemingway se encargó de construir una personalidad como hombre aventurero, mujeriego y bravucón y en cierto sentido, intentó serlo. Pero sus excentricidades, mermaron notablemente su salud. Su afición por la cacería lo llevó a sufrir dos aparatosos accidentes aéreos cuando se encontraba de safarí en África, también se dañó los riñones por su costumbre de pescar en las aguas heladas y las enfermedades hepáticas y la hipertensión arterial, detonadas por su excesiva forma de beber, le provocaron frecuentes depresiones y episodios paranóicos en los que aseguraba que el FBI lo espiaba.

En 1959, decidió regresar a los Estados Unidos tras varias décadas de recidir en Cuba. Compró una casa en Ketchum, Idaho con la intención de tratar sus cada vez más delicadas afecciones. Para 1961, las funciones de su higado estaban muy deterioradas, pero su cuerpo estaba tan acostumbrado a consumir alcohol todos los días como tranquilizante, que a su médico José Luis Herrera Sotolongo, no le quedó otra opción que reducir su consumo a una copa al día para no colapsar su organismo. Pese a la recomendación de sus médicos, siguió bebiendo en exceso hasta el final de sus días.

A Hemingway le entristecia no poder concentrarse en la escritura, le enfurecía la debacle de su cuerpo y su pérdida de la potencia sexual de la que tanto había presumido durante su juventud. También le preocupaban sus finanzas, pese a vivir holgadamente gracias a sus regalías. Por aquellos días, sus médicos aseguraban que: “Hemingway bebía mucho y escribía poco”.

Por ironías de la vida, sus últimos días fueron muy similares a los de su padre, a quien consideraba un cobarde por haberse suicidado. Ed Hemingway se quitó la vida de un tiro en la cabeza en medio de la angustia que le provocaban sus finanzas y las molestias de la diabetes y la angina de pecho. Paradójicamente, después de varios intentos fallidos producto de un grave desequilibrio mental, Ernest Hemingway acabó con su vida del mismo modo que su padre, al auto infringirse un tiro de escopeta el 2 de julio de 1961 en su casa de Idaho.

La vida de Ernest Hemingway podría ser por si misma una novela de aventura. Disfrutó del amor de las mujeres, de la aventura y de los buenos vinos. Al final de sus días, su muerte resume una de las premisas incluidas en su novela “El viejo y el mar”: “El hombre no está hecho para la derrota, puede ser destruido, pero no derrotado”. Hemingway decidió destruirse a si mismo para no ser derrotado por la marcha implacable del tiempo.

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